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Basílica Incamulada Concepción

Profesor Eduardo Julio Giqueaux

 

¡Oh lírica campana, cuantas veces
Al escuchar la voz de tu llamada
Sentí las ansias de tomar mis libros
Y correr presuroso hasta las aulas
De mi antiguo Colegio lugareño
O alistarme en ruidosa caravana
Para vagar después por la ribera!

Como en lejanos días de mi infancia. Así expresaba sus nostalgias en 1924 desde los versos del poema "La Campana del Colegio" el ex alumno Teodoro Oliveira, en el libro de los homenajes rendidos al histórico instituto cuando éste cumpliera sus setenta y cinco años de existencia.

Colegio Urquiza

Todas las "historias", han tenido siempre una honda significación para aquellas personas que llevan bien adentrado el Colegio en sus corazones. Hoy, se trata de una historia de campanas, de esas campanas que el imaginario colectivo asocia indisolublemente a las actividades de la vida colegial.

Ha sido siempre una inquietud de ex alumnos, turistas e historiadores, saber si esa campana que todas las mañanas lanza sus voces al aire desde lo alto del mirador, es hoy la misma que alguna vez llamó también a la merienda, al recreo o a las clases a Olegario V. Andrade, Secundino Zamora, Francisco Fernández, Julio Argentino Roca, Jorge Damianovich y tantos otros egresados de las primeras décadas del Colegio. Estamos en condiciones de afirmar hoy, que la respuesta a esta pregunta es no.

El profesor Argachá señala en uno de sus últimos trabajos (El Colegio del Uruguay a través de sus rectores) que durante el rectorado del Dr. Honorio Leguizamón (1880-1888), que se realizaron gestiones para dotar a la Institución de una nueva campana. Aprovechando la vieja amistad que lo unía al ex alumno coronel Remigio Gil, el entonces rector le escribía en estos términos: "la legendaria campana que tú conociste y cuya voz metálica nos producía distintas emociones, según nos avisase algunas veces a las 5 de la mañana en invierno, que debíamos dejar el tibio lecho por la polar sala de estudios, o nos recordase a las nueve que la elegante cantimplora rebosante de café con leche nos esperaba. Esa campana que todos hemos acariciado con nuestras manos está casi sin voz y amenazada de quedar completamente afónica de un momento a otro. Es necesaria reemplazarla. Es el único objeto que queda de la época del gran internado y difícilmente habrá ningún otro que tenga mayores recuerdos para nosotros y por ello deseo conservarlo". En buen romance, la intención de Leguizamón fue la de pedirle al coronel Gil que hiciera fundir la vieja campana del Colegio para hacer con el mismo material una campana nueva. En apariencia, no habría existido respuesta a ese pedido.

Sin embargo, en un libro del Dr. Luis F. Aráoz, que había permanecido inédito durante decenas de años y vio la luz gracias a la decisión de su sobrina nieta -la Sra. Carmen del Valle Aráoz de Ezcurra- con el título Del tiempo viejo, permitió despejar definitivamente la incógnita. Según el testimonio del Dr. Aráoz, la vieja campana -esa misma campana que el "campanero" Domingo Lértora (quien decía haber sido sacristán en una iglesia de Lima, Perú) agitaba con fruición para sacar en las frías madrugadas a los muchachos de la cama, en épocas del Dr. Larroque pendía de un palo originariamente encajado en la pared cerca de la galería y de la puerta del zaguán, como a 2 metros de altura. Ahí se mantuvo el palo hasta el rectorado del Dr. Tibiletti, quien finalmente decidió quitarlo. Fue esenismo texto del Dr. Aráoz -redactado a los 88 años de edad, en plena lucidez, el que nos permitió descubrir que la petición del Dr. Leguizamón no había quedado en realidad sin respuesta.

En efecto, la idea de fundir la campana había llegado a oídos del General Roca -entonces presidente de la República- y como ex alumno de la vieja Casa, se opuso a ello: a cambio de una nueva, como es lógico pensar, convenció al Dr. Leguizamón que le regalara la antigua campana para guardarla como recuerdo de los tiempos del internado.

Se trata de una pequeña historia. Pero resulta sorprendente comprobar la emoción que provoca en el espíritu del ex alumno una pequeña historia. Tal vez, porque los hombres llegan finalmente a comprender que con las pequeñas historias se tejen las grandes historias. O quizás, más puntualmente, la razón debamos buscarla en el texto de un reportaje que en los días del sesquicentenario le hicieran al profesor Edgardo Visagno, ex Vicerrector del "Histórico": ". El Colegio tiene algo que te atrapa, que es la historia, la tradición, la mística, los hombres que han pasado, hasta diría el hábitat del trabajo de todos los días, que te invita a que seas un colegial de alma." Esta es la razón. Enteramente.

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